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CUARTA CARTA CIRCULAR DEL PRESIDENTE DE LA COMISIÓN LITÚRGICA DE LA ORDEN CISTERCIENSE PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO Y NAVIDAD 2004/2005
PAX Queridos hermanas y hermanos, „ECCE, ADVENIT DOMINATOR DOMINUS!" ¡Mirad, he aquí que viene el Señor dominador! En sus manos están el poder y la realeza. (cf. Mal 3,11; 1 Cr 19,12)
Con el comienzo de un nuevo año eclesiástico y del Adviento, entramos una vez más en el misterio de la venida perpetua del Señor ( Jean Daniélou). Este santo padre de nuestra Orden, Bernardo de Clairvaux (+1153), reviste importancia en la historia de la teología occidental por su doctrina del triple Adviento del Señor, es decir, de la triple venida de Jesucristo, que él mismo expuso principalmente en sus sermones de Adviento. "En la primera venida (adventus) —dice San Bernardo— fue Cristo visto en la tierra y habitó entre los hombres. Entonces, como él mismo dijo, le vieron y le odiaron (Jn 15, 24). En la última venida, sin embargo, «se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos» (Is 40, 5; Lc 3, 6), «y verán al que traspasaron» (Jn 19, 37). La tercera venida está oculta. En ella sólo le ven los escogidos en sí mismos, y sus almas serán salvadas. En la primera venida, pues, vino en la carne y la debilidad; en esta segunda, viene en espíritu y en fuerza; y en la última vendrá en gloria y majestad." (Quinto sermón de adviento, 1). Desde su aparición entre los siglos IV y VI como más largo período de preparación para las principales fiestas de Navidad (Navidad y Epifanía), dos han sido siempre los puntos de referencia del Adviento: a) la primera venida de Jesucristo en la encarnación, y b) la postrera (segunda) venida de Cristo al final de los tiempos (parusía). Por ello, el Ordenamiento del Año Eclesiástico (GOK, 1969) describe el significado del Adviento como sigue: "Él (el tiempo de Adviento) es, de un lado, un tiempo de preparación para las principales fiestas de la Navidad, al recordar la primera venida del Hijo del Hombre y su permanencia entre los hombres. De otro lado, el tiempo de Adviento, a través de ese mismo recuerdo, sitúa a la vez a los corazones en la espera de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Desde ambos puntos de vista, el tiempo de Adviento es un tiempo de espera alegre y ferviente" (núm. 39). Lo notable, ahora bien, es que San Bernardo hable también de un tercer Adviento o de un Adviento medio, y éste es justamente el que tiene grandísima importancia para nuestra vida monástica y litúrgica. Con él, en efecto, nuestro santo padre de nuestra orden se refiere a la venida (diaria) del Señor en nuestros corazones (por ejemplo, en la Sagrada Eucaristía), al establecimiento de Cristo en nuestro interior (inhabitatio) o, como decían de la Navidad los Padres de la Iglesia, al nacimiento del Señor en nuestros corazones. "Al igual que vino una vez visiblemente en carne, para obrar la salvación en medio del mundo", explica San Bernardo, "viene todos los días en espíritu e invisiblemente, para salvar a todas las almas (Primer sermón de adviento, 10) ...Oíd lo que Dios mismo dice de esta venida, que es espiritual y oculta: «Uno que me ama hará caso de mi mensaje, mi Padre lo amará y los dos nos vendremos con él y viviremos con él» (Jn 14, 23). ¡Bienaventurado aquél con el que tú quieras vivir, Señor Jesús!" (Tercer sermón de adviento, 4). La venida media del Señor es el camino que va de la primera (la encarnación) a la última venida de Cristo (la parusía) y, por tanto, el significado espiritual más profundo del tiempo de Adviento en que ahora entramos.
[Sobre el adviento medio en la doctrina de San Bernardo existe un interesante estudio italiano: Claudio Stercal, Il Medius Adventus. Saggio di lettura degli scritti di Bernardo di Clairvaux, Roma: Editiones Cistercienses 1992 (= Bibliotheca Cisterciensis 9)].
En mi primera carta circular de Adviento de 2002, apunté ya a modo de introducción litúrgico-espiritual algunas cosas sobre este tiempo, deteniéndome sobre todo en ciertos usos y costumbres de él característicos, como la corona de Adviento, las misas "Rorate coeli desuper", las antífonas mayores y la antífona "Alma Redemptoris Mater". En esta ocasión, me gustaría llamar también la atención sobre otros aspectos.
El Adviento comienza con las primeras Vísperas del primer Domingo de Adviento y termina antes de las primeras vísperas de Navidad ( cf. GOK, núm. 40). Su doble carácter: recuerdo de la encarnación y espera de la parusía de Cristo, se ha tornado aún más evidente desde la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, especialmente en las lecturas bíblicas de la celebración de la Eucaristía y de las horas canónicas propias de todos los domingos y días festivos, en todas las oraciones diarias y aun en los maravillosos prefacios de Adviento. De ahí que los textos bíblicos y litúrgicos propios de Adviento sugieran que, en la medida de lo posible, la celebración de este tiempo tiene que tener preferencia sobre las fiestas de los santos, que en según qué casos sólo pueden conmemorarse. Sea como fuere, los formularios de Adviento tienen preferencia absoluta en los días privilegiados que van desde el 17 al 24 de diciembre (cf. GOK, núm. 16b). Según el ordenamiento litúrgico no hay inconveniente en que se celebren misas y oficios de las fiestas y memorias de los santos durante los días de la semana hasta el 16 de diciembre; sin embargo, misas votivas y misas por motivos especiales sólo podrán celebrarse en casos excepcionales. En Adviento, los días de la semana, ya citada, del 17 al 24 de diciembre han ocupado siempre un lugar especial, por "estar inmediatamente ordenados a la preparación de la Navidad" (cf. GOK, núm. 42). Estos días se distinguen sobre todo por las solemnes antífonas mayores, cuyo texto está también previsto, desde la reforma litúrgica, para el aleluya de la celebración de la Misa. Teológica y espiritualmente reviste importancia en particular el orden de las perícopas de esta "Novena de Navidad", leyéndose de la Biblia los pasajes más importantes, que en apretada secuencia cronológica conducen en cierto modo directamente a los hechos de la Navidad.
Como tiempo de preparación para las principales fiestas navideñas, es claro que el Adviento tiene desde su mismo origen un cierto carácter penitencial. Sin embargo, a diferencia del tiempo de Cuaresma, el de Adviento está teñido por un clima de "espera ferviente y alegre" ( cf. GOK, núm. 39). Por ello, tras la aparición de la tercera edición del "Missale Romanum", en el año 2002, las instrucciones sobre el uso del órgano u otros instrumentos musicales y de los adornos florales se han modificado y "suavizado". Las indicaciones oficiales dicen ahora lo siguiente: "El empleo del órgano y de otros instrumentos musicales, así como de los adornos florales, serán, conforme a la idiosincrasia de este período, moderados, para no adelantarse a la alegría plena de la celebración del nacimiento del Señor" (cf. Directorio de la orden 2004/2005, p. 20). Lo que hasta ahora sólo era posible en el tercer Domingo de Adviento, el "Gaudete", se prolonga ahora a todo el tiempo de Adviento, aunque con una cierta moderación.
La fiesta de la inmaculada concepción de la Virgen María
La fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María del 8 de diciembre, a la que también se llama la fiesta de la "elección de María", encaja perfectamente en el entero transcurso del Adviento, pese a tratarse de una festividad reciente. María es, en efecto, tal y como la llamaron y la siguen llamando todavía la teología oriental y occidental, la "aurora de la salvación", y así la cantamos nosotros también en las horas canónicas. Su inmaculada concepción en el seno de su madre, Santa Ana, señala el comienzo inmediato de la historia de la salvación en Jesucristo. Este año conmemoramos el 150 jubileo de la elevación a dogma de este misterio de fe por el Santo Padre Pío IX (+1878) el día 8 de diciembre de 1854 en la bula "Innefabilis Deus". Además, hay también que señalar que la "Liturgia Horarum" romana tiene desde la reforma litúrgica sus propios himnos para Vísperas, Vigilias y Laúdes, y en ella no figura ya el himno "Ave, maris stella", que carece de referencia directa al misterio celebrado. Estos nuevos "himnos" (junto con su melodía) pueden consultarse, por ejemplo, en el "Heiligenkreuzer-Hymnar".
La fiesta de Navidad, denominada en la liturgia como la "Nativitas Domini" o "Natalis Domini nostri Jesu Christi" —es decir, la "fiesta del nacimiento del Señor"— es junto con la gran fiesta de la Epifanía la meta de ese entero período de preparación que es el Adviento. Como es sabido, la fecha del 25 de diciembre guarda una estrecha relación con el solsticio de invierno y la festividad pagana del "sol invencible" (Natalis Solis invicti), cuya luz sale victoriosa de la amenaza de las tinieblas. Los cristianos sabían muy bien lo que estaban haciendo cuando situaron el nacimiento del Señor Jesucristo, cuya venida había sido ya anunciada por el profeta Malaquías como la "salida del sol de la justicia" ( Mal 3, 20), en la fiesta del solsticio invernal. En realidad, Cristo mismo había dicho ya de sí: "yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12). También en el Evangelio del día de Navidad, en el prólogo de Juan, se habla de Cristo como de la luz: "la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo..." (Jn 1, 9). Así se explica también que precisamente en la liturgia de Adviento y Navidad haya impreso una huella tan vigorosa la temática de la luz, ¡aún más vigorosa, incluso, que en la liturgia pascual! Además, según las fuentes más antiguas, el día de Navidad, la fiesta de Cristo, se celebró por primera vez en Roma, desde donde luego iría extendiéndose, el año 336.
El solemne anuncio de la Navidad En la Orden tenemos una costumbre muy hermosa, cuyos inicios se remontarían, a juzgar por los documentos conservados, al siglo XII. En la vigilia de Navidad, la mañana del 24 de diciembre, se inicia la lectura del martirologio en la sala capitular con el anuncio del nacimiento de Cristo. Tras las palabras: "Jesus Christus, Filius Dei, in Bethlehem Iudae nascitur", "Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá", todo el convento se arroja "al suelo en señal de adoración de la sagrada encarnación y reza una breve oración" ( cf. Ecclesiastica Officia, cap. 3, 4 y nuestro Directorio de la Orden 2004/2005, p. 26). La impresionante gran postración es una expresión visible tanto del humilde rebajamiento de Dios en la encarnación de Jesús como de la adoración por nuestra parte de este inefable misterio. San Bernardo hizo un magnífico comentario de este rito solemne en sus sermones primero y sexto de la vigilia de Navidad, donde aclara cada uno de los elementos de la anunciación citada. Ésta es para él "la voz de la alegría..., la buena palabra, la palabra del consuelo, el anuncio lleno de gracia y valor que uno se toma a pecho" (Primer sermón, núm. 1). Sería una pena que esta antigua y hermosa costumbre cisterciense se perdiera. Donde el martirologio no sea leído en la sala capitular, podría trasladarse, no obstante, a otro lugar apropiado en el monasterio este anuncio solemne de la Navidad y, según las circunstancias, incluso substituirse el gesto de postrarse por el de arrodillarse. Conforme a lo señalado por los libros litúrgicos todo el mundo se arrodilla en Navidad (en las tres misas) durante un tiempo, al cantarse o pronunciarse las palabras: "Et homo factus est", y justamente por el motivo citado.
La triple celebración de la Misa en Navidad
Una de las cosas por las que se distingue la fiesta de la Navidad es por sus tres misas, cada una con su propio formulario litúrgico. Las misas tienen su nacimiento en la liturgia papal romana de los siglos IV-VI. El Papa celebraba en efecto tres misas de Navidad: a) la Misa del Gallo, en la basílica de S. Maria Maggiore; b) la Misa de la "Aurora", por la mañana, en S. Anastasia; y c) la Misa Solemne, durante el día, en S. Pedro. La más antigua de estas tres celebraciones es la que tenía lugar durante el día (siglo IV), y la más reciente la llamada "Misa de la Aurora" o "Misa de los Pastores" (siglo VI). Partiendo de Roma, las tres misas fueron extendiéndose, y hacia el siglo IX se convirtieron paulatinamente en una costumbre general dentro de la Iglesia. Por ello, las encontramos también en los libros litúrgicos más antiguos de nuestra orden. El canonista y liturgista Guillermo Durandus (+1296) confería a las tres misas de Navidad un significado teológico-simbólico (el triple nacimiento de Cristo). Desde la reforma litúrgica, las misas ya no son obligatorias (¡lo cual afecta sobre todo a la Misa de la "Aurora"!). El número 34 del GOK (1969) establece que "según la antigua tradición romana, en Navidad puede celebrarse la misa tres veces: por la noche, por la mañana y durante el día". Y el Directorio de la Iglesia Católica dice que "todo sacerdote puede celebrar o concelebrar tres misas, pero sólo en el momento correspondiente" ( cf. Directorio de la orden 2004/2005, p. 27).
El Octavo de Navidad
En analogía con el Octavo de Pascua, desde el siglo VIII en adelante fue también configurándose una semana festiva de Navidad celebrada litúrgicamente, el Octavo de Navidad, cuyos tres primeros días están documentados desde el siglo V (¡) por las tres fiestas acompañantes: San Esteban Protomártir (26 de diciembre), San Juan Evangelista (27 de diciembre) y los Santos Inocentes (28 de diciembre). A estos santos se les llama los "Comites Christi", los miembros del séquito de Cristo. La última reforma litúrgica ha mantenido el Octavo de Navidad, señalando para cada uno de estos días las siguientes características:
° Las Vigilias incluyen siempre el "Te Deum" o el "Te decet laus". Desde la renovación litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II, el domingo del Octavo de Navidad, donde resulte apropiado, se observa la fiesta de la Sagrada Familia (antes el primer domingo después de Epifanía). La reforma litúrgica, con muy buen criterio, ha recuperado también el octavo día de Navidad, es decir, el primero de enero, una muy antigua tradición romana, consistente en celebrar ese día la fiesta de la Virgen Madre de Dios. Este recuerdo de María, aquí inmediatamente vinculado al nacimiento del Señor, es la fiesta mariana más antigua de la liturgia romana ("Natale Sanctae Mariae"). Con la introducción de la gran fiesta mariana en el siglo VII, esta festividad fue perdiendo gradualmente su importancia, cediendo su lugar a una celebración del octavo de Navidad. Al día octavo de la fiesta del nacimiento de Cristo, el 1 de enero, se unieron en virtud del Evangelio de Lucas ( Lc 2, 21) otros contenidos festivos: la circuncisión del Señor (en Roma desde los siglos XIII/XIV) y la imposición del nombre de Jesús. En el GOK, número 35 f), se lee al respecto que "el 1 de enero, el día octavo de Navidad, es la fiesta de María, Madre de Dios, y el recuerdo del día en que el Salvador recibió el nombre de Jesús. Últimamente, el Calendario de la Iglesia Católica contempla la posibilidad de celebrar el 3 de enero la fiesta del santísimo nombre de Jesús (como "memoria ad libitum", cf. el Directorio de la Orden 2004/2005, p. 30). Por último, desde 1967, y a instancias del Papa Pablo VI, el 1 de enero es también el "día de la paz mundial". Todos los misterios y temas nombrados caracterizan la liturgia de las horas y de la Misa el día octavo de Navidad. No obstante, llama la atención que el comienzo del nuevo año apenas sea tenido en cuenta en los textos litúrgicos del primero de enero. La Iglesia sigue justamente su propio calendario litúrgico, según el cual su año comienza con el primer Domingo de Adviento. Pero, en general, con motivo del fin de año se celebran todo tipo de "oficios de año nuevo". Al año nuevo civil puede hacerse expresa referencia en la introducción a la celebración de la Eucaristía y en las peticiones.
De la fiesta de la manifestación del Señor (Epifanía), la cual constituye el segundo gran punto culminante del tiempo de Navidad y es mucho más que la fiesta de "Reyes", si se la considera teológica y espiritualmente teniendo en cuenta su origen oriental, y de la fiesta del bautismo del Señor, en la que el período de la Navidad toca a su fin, diré algunas cosas el próximo año.
Como es sabido, con la Carta Apostólica "Mane nobiscum, Domine" del 7 de octubre de 2004, el Papa Juan Pablo II ha declarado Año de la Eucaristía el período comprendido entre octubre de 2004 y octubre de 2005, inaugurando dicho año con una misa solemne en Roma el pasado 17 de octubre. La base de esta iniciativa del Papa viene dada por su encíclica "La Iglesia vive de la Eucaristía" ("Ecclesia de Eucharistia"), aparecida el 17 de abril de 2003. La Sagrada Eucaristía será también el punto de mira del sínodo mundial de obispos que tendrá lugar en Roma entre el 2 y el 29 de octubre de 2005: "La Eucaristía, fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia". Lo que el Santo Padre quisiera conseguir con este año eucarístico, lo explica él mismo en la ya citada Carta Apostólica como sigue: "Que el Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor" ( núm. 29). Aun cuando él mismo contribuye con algunas iniciativas concretas a la estructuración de este año, el Papa no obstante subraya que: "No pido que se hagan cosas extraordinarias, sino que todas las iniciativas se orienten a una mayor interioridad. Aunque el fruto de este Año fuera solamente avivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística fuera de la Misa, este Año de gracia habría conseguido un resultado significativo. No obstante, es bueno apuntar hacia arriba, sin conformarse con medidas mediocres, porque sabemos que podemos contar siempre con la ayuda Dios" (Ibíd.). Pero a nosotros, los que hemos consagrado nuestras vidas al servicio de Dios, nos dirige el Papa estas palabras: "Vosotros, consagrados y consagradas, llamados por vuestra propia consagración a una contemplación más prolongada, recordad que Jesús en el Sagrario espera teneros a su lado para rociar vuestros corazones con esa íntima experiencia de su amistad, la única que puede dar sentido y plenitud a vuestra vida" (núm. 30). Especial interés reviste en la "Mane nobiscum, Domine" la dimensión social-caritativa de la Sagrada Eucaristía, que el Papa pone de relieve en el cuarto capítulo, "La Eucaristía, principio y proyecto de Misión", aclarando dicha dimensión según el principio de la Iglesia antigua: "¡No hay servicio a Dios sin servicio a los hombres, no hay amor a Dios sin amor a los hombres!".En este "Año de la Eucaristía" será, pues, lo más importante avivar la celebración de la Misa, de modo que la celebremos y concelebremos con cada vez mayor dignidad, conciencia y celo. La Eucaristía diaria debe ser verdaderamente, tal y como quiso el Concilio Vaticano II, la "fuente y el culmen" de nuestra jornada y nuestra vida monásticas ( cf. Constitución litúrgica, núm. 10). Para profundizar en la celebración práctica de la Eucaristía y comprenderla, resultarán de ayuda las explicaciones de la Misa aparecidas en muchos lugares tras la reforma litúrgica, como sería el caso, en los países de lengua alemana, del libro de Jo Hermans, Die Feier der Eucharistie. Erklärung und spirituelle Erschliessung, Regensburg 1984, u otros comentarios similares. De orientación y confirmación de una celebración de la Sagrada Eucaristía conforme a la liturgia de la Iglesia oficia también, finalmente, la Instrucción "Redemptionis Sacramentum", publicada el 25 de marzo a instancias del Papa por la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos: "Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía".
Con renovadas puntualidad y esmero ha vuelto a publicar la "Ordinis Cisterciensis Directorium Divini Officii 2004/2005" Fr. Xavier Guanter de Poblet, el directorista de nuestra Orden, a quien quisiera aquí testimoniar mi más cordial agradecimiento por su labor y sus valiosos servicios. En este Directorio habrán llamado seguramente su atención dos cosas: la primera, que los encabezamientos, especialmente de los períodos destacados del año eclesiástico (Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua) han sido parcialmente ampliados y modificados. ¿Por qué? Nos hemos adaptado al Directorio de la Iglesia Católica, que tras la aparición de la tercera edición del Missale Romanum en 2002, ha revisado y ajustado igualmente sus encabezamientos. Ejemplo de ello son las nuevas instrucciones, arriba citadas, relativas al empleo del órgano, los instrumentos musicales y los adornos florales en el tiempo de Adviento; la segunda, que apoyándonos de nuevo en el Directorio Oficial de la Iglesia hemos introducido dos "memoriae ad libitum", que últimamente han sido aceptados por el Calendario de la Iglesia. Se trata de: a) la memoria correspondiente a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (+1548), el 9 de diciembre; y b) la correspondiente a la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, el 12 de diciembre. Los textos en latín de cada una de estas memorias facultativas pueden encontrarse en el Apéndice de nuestro Directorio (pp. 131-137). El 17 de junio constituye en nuestro nuevo Directorio la fecha correspondiente a la memoria (ad libitum) del beato Marie-Joseph Cassant (+1903), monje de la orden trapense, el cual fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004. A otras nuevas memorias en el Santoral de la Iglesia hice ya referencia en mi tercera carta circular sobre la Cuaresma y la Pascua de 2004. Todo el que desee exponer una petición o formular una propuesta de mejora en relación con el Directorio, diríjase por favor directamente a Fr. Xavier Guanter en Poblet.
Muchos países y conferencias episcopales cuentan con sus propios institutos litúrgicos, cuya tarea consiste, entre otras cosas, en prestar asistencia litúrgico-pastoral, distribuir las traducciones a las respectivas lenguas vernáculas de los libros y documentos litúrgicos de la Iglesia y ofrecer nueva literatura litúrgica. Estos institutos disponen hoy en día por lo común de una dirección de correo electrónico, en la que pueden consultarse documentación y textos litúrgicos de toda especie. Algunos de estos institutos publican incluso sus propias revistas litúrgicas. También nuestros monasterios pueden recurrir a la ayuda de estos institutos.
En Suiza, por ejemplo, el abad Martin Werlen OSB de Einsiedeln inauguró el 4 de diciembre de 2004 el Instituto Litúrgico para la Suiza en lengua alemana, reconstituido tras un largo paréntesis y trasladado a Friburgo. El Instituto está dirigido por el joven padre dominicano Peter Spichtig y su equipo. (Correo-e: liturgisches.institut@fr.kath.ch).
* * * Nuestro abad general Maurus y otros hermanos y hermanas de la Orden me han hecho llegar todo un catálogo de preguntas y problemas litúrgicos surgidos durante la práctica. Al ser de interés general, trataré de responder próximamente a todas estas cuestiones en una futura carta circular.
El tiempo de Adviento y Navidad se halla bajo el signo de la triple venida del Señor. La invocación de la Iglesia en Adviento dice, pues, simplemente: "Veni, Domine Jesu", "Ven, Oh Señor Jesús". De todo corazón quisiera desearos a todos un Adviento de prosperidad, una feliz Navidad y un nuevo año 2005 lleno de bienaventuranzas.
Vuestro hermano en Cristo,
fr. Alberich M. Altermatt O.Cist.
Kloster Eschenbach (Suiza), 17 de noviembre de 2004 |
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