Carta circular (V)

del Secretario del Secretariado O. Cist. de liturgia

para los monasterios de la Orden

(1ª Parte)

 

LOS CUARENTA DÍAS

CUYO TIEMPO RETORNA CADA AÑO

 

CUARESMA Y PASCUA 2006

 

 

 

PAX

 

Queridos hermanos y hermanas,

 

Después de una larga interrupción, unida a la situación particular del monasterio de Eschenbach, a causa de la grave epidemia de gripe de febrero de 2005, continúo mis cartas circulares, animado sobre todo por vuestras respuestas positivas, que me han dado la impresión de que se valoran estas cartas. Esta quinta carta circular aparece durante el tiempo de Cuaresma y Pascua, tiempos del año litúrgico a los que dediqué dos cartas, circular II de 2003 y circular III de 2004, que se complementan mutuamente, aunque tienen su propia temática.

 

Con la Cuaresma, denominada el gran retiro anual del pueblo de Dios (Baltasar Fischer), entramos de nuevo en este período de 90 días del año litúrgico, donde nuestra liturgia cristiana celebra intensamente lo que es su razón de ser y su medio de vida, y lo que es la esencia fundamental de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra vida cristiana: la Pascha mysterium, el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. En el Compendium del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace algunos meses, los Nos 221-249 hablan del misterio de Pascual en el tiempo y en los sacramentos de la Iglesia. En el Nº 222 se lee: En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual (ver también Nº 218). El año litúrgico alcanza su culmen en Pascua, la fiesta de las fiestas (Nº 241).

 

I.       LA SANTA CUARENTENA (QUADRAGESIMA)

 

Desde el siglo cuarto, la Iglesia se prepara durante cuarenta días para la celebración litúrgica del misterio de la Pascua. La liturgia de la Iglesia denomina sencillamente a este tiempo con el término de “Cuaresma”: “El tiempo de los cuarenta días”. Es un tiempo ascético y litúrgico de preparación a la Pascual. El ayuno tiene un papel fundamental, pero no exclusivo (de aquí que en el contexto alemán se denomine a la Cuaresma como el “tiempo del ayuno”, Fastenzait).

 

1.      Tiempo de ayuno

 

El himno de Cuaresma Ex more docti mystico, atribuido al Papa San Gregorio Magno (+604), y que se ha incluido en la mayoría de nuestros Libros de Horas desde la reforma litúrgica, explica de forma muy bella por qué el tiempo de Cuaresma es primeramente un tiempo de ayuno. Las dos primeras estrofas dicen:

 

Según la enseñanza sagrada,

observemos en todo la abstinencia

a lo largo de estos cuarenta días,

cuyo tiempo retorna cada año.

 

La antigua ley y los profetas

lo promulgaron antiguamente,

después Jesucristo lo consagró,

Él, creador y rey de los tiempos.

 

En este himno, la práctica del ayuno durante cuarenta días encuentra fundamentos bíblicos y, sobre todo, cristológicos. Como sabemos, el número 40 tiene una gran importancia en la Biblia y está unido, la mayoría de las veces, con “lo futuro” y “estar preparado”. Así, el diluvio universal, del que surge un nuevo género humano, dura cuarenta días y cuarenta noches (Gn 7, 17). El pueblo de Israel tuvo que caminar durante cuarenta años a través del desierto para entrar finalmente en la Tierra Prometida (Ex 16,35). Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches sobre la montaña del Sinaí para recibir los mandamientos de Dios (Ex 24, 18). El profeta Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña del Horeb, fortalecido por el pan y el agua que le había ofrecido un ángel de Dios (1Re 19, 8). En relación con todo esto, desde los tiempos más antiguos de la Iglesia, se lee siempre en el segundo domingo de cuaresma el Evangelio de la Transfiguración de Cristo, en la que aparecen, al lado de Jesús y de los apóstoles, las dos figuras del Antiguo Testamento, Moisés y Elías (Mc 9, 2-10 Ciclo B). Jonás también predica en la ciudad de Nínive, a la que le quedaba un plazo de cuarenta días para convertirse a Dios (Jon 3, 4). Pero el ejemplo decisivo es el que Jesús da de sí mismo, el cual, habiendo inaugurado su ministerio público, ayuna en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches, y, seguidamente, es tentado por el diablo y le vence. Por esto, no es sin fundamento que la Iglesia, según su propia tradición, proclame este Evangelio en el primer domingo de Cuaresma (ver Mt 4.1-11; Ciclo B: Mc 1.12-15; Lc 4.1-13). Es por esta razón que durante el tiempo de la santa cuarentena, la Iglesia ayuna con Jesús y por Él. Es la diferencia entre la Cuaresma y el Adviento, que no podemos denominar propiamente como tiempo de ayuno.

 

Para la Iglesia primitiva, el ayuno tenía un papel muy importante como preparación para la fiesta de Pascua, hasta el punto de que san Atanasio de Alejandría pudo decir: ¡No podemos subir a Jerusalén para comer la Pascua (cena pascual) si no hemos observado los cuarenta días de ayuno! (Cfr. Carta Pascual Nº 6: PG 26, 1389).

 

En los textos bíblicos y litúrgicos de la Cuaresma, sobre todo en las oraciones y prefacios, nos encontramos una “teología del ayuno”. Un prefacio de Cuaresma, por ejemplo, explica así el profundo sentido religioso del ayuno: Porque con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa (Prefacio IV de Cuaresma). Hay, en efecto, otro aspecto muy importante del ayuno –un aspecto que conocía ya la Iglesia primitiva y el monacato- que es el cuidado de los pobres (diakonia). En el ayuno se muestra la solidaridad con los pobres, tantos pobres como viven también hoy en día sobre nuestro planeta. Lo que se economiza ayunando puede ser de ayuda para los pobres y necesitados. Esta dimensión del ayuno, que subrayaban fuertemente los textos del Antiguo Testamento al principio de la Cuaresma, puede leerse en un prefacio cuaresmal: Porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad (Cfr. Prefacio III de Cuaresma). Por otra parte, este compartir es también la finalidad de jornadas como “el día del huevo”, u otras parecidas, según cada país, y que comenzaron a organizarse después del Concilio Vaticano II (1962-1965). Que las obras de misericordia sean una misión fundamental en la Iglesia es lo que el Papa Benedicto XVI ha querido decirnos con su primera encíclica: Deus Caritas est. Especialmente interesante en esta encíclica es lo que se dice de la liturgia y, sobre todo, de la Eucaristía. El Papa muestra –unido a la tradición cristiana- que la Eucaristía y la Diakonia, el servicio a Dios y el servicio a los hombres, no pueden nunca estar separados uno de otro. Por ejemplo, escribe: Así, la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece. En el «culto» mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa —como hemos de considerar más detalladamente aún—, el «mandamiento» del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser «mandado» porque antes es dado (Nº 14).

 

El ayuno, una de las prácticas características de todas las grandes religiones del mundo y especialmente del monacato, ha sido redescubierto estos últimos años, aunque haya sido en primer lugar por la salud y el bienestar, que es también un aspecto digno de consideración. Sobre el ayuno, su historia, métodos y fines, han sido publicados libros interesantes en nuestra época. Pienso en el libro, ya reimpreso varias veces: Le jeûne, prier avec le corps et l’esprit (ed. Mediaspaul), de Anselme Grün, osb, conocedor de la tradición cristiana, monástica y litúrgica. En estos momentos, sus libros se traducen a diferentes lenguas.

 

2.   Tiempo de penitencia

 

La verdadera llamada de la Cuaresma es la predicación de Jesús en el Evangelio: ¡Convertíos y creed en la Buena Noticia! (Mc 1, 15). La conversión (penitencia, metanoia) es, como sabemos, un concepto fundamental del Nuevo Testamento y, así pues, una consigna fundamental de la Cuaresma. El tema de la conversión está omnipresente en la liturgia cuaresmal. Sería interesante escuchar y leer los textos bíblicos y litúrgicos de estos días y semanas bajo este aspecto. La Cuaresma es un tiempo de “renovación”: “La primavera de la Iglesia”, como se decía antiguamente. Este aspecto de la primavera se expresa en un himno contemporáneo:

 

Para salvar el mundo, Dios crea estos días.

ahora vemos los signos,

la Tierra tiene aquí su imagen;

pues el año continúa su curso,

después del frío del sombrío invierno,

la primavera prepara la tierra para la Pascua:

Breviario monástico, Sta. Otilia, 43: himno de Maitines)

 

El carácter de la penitencia se encuentra muy señalado en el Miércoles de Ceniza (Cineres), que es el pórtico de entrada a los cuarenta días santos. En sus orígenes, el ayuno pascual fue solamente durante los tres días santos (Triduum sacrum). A partir del siglo cuarto, se comienza, apoyándose en los modelos bíblicos, especialmente en Jesús, a alargar el ayuno a cuarenta días; pero, como según un principio en vigor hasta nuestros días, no se puede ni se debe ayunar el domingo, día de la resurrección del Señor, se hizo necesario, para llegar a los cuarenta días, adelantar el comienzo de Cuaresma al Miércoles de Ceniza. Esta tradición existe en Occidente desde el siglo séptimo, mientras que antes el comienzo de la santa cuarentena era el primero Domingo de Cuaresma (Caput Quadragesimae).

 

Para poder entender bien la liturgia de las Cenizas, y más en general la de la Cuaresma entera, es importante conocer algunos datos históricos sobre la Iglesia primitiva. En la antigüedad cristiana, todos los que querían recibir el sacramento de la penitencia se hacían penitentes públicos. Después de ser privados de sus pecados, delante del obispo o de un sacerdote, debían cumplir la penitencia, que les era impuesta durante un tiempo determinado. Debían ayunar, llevar vestidos de duelo, y renunciar a los cuidados de la estética corporal. En una celebración ritual, que incluía también la imposición de las cenizas, los pecadores, hombres o mujeres, comenzaban oficialmente el tiempo de penitencia pública. Después de haber cumplido este tiempo de penitencia, el Jueves Santo, el obispo les volvía a integrar en la comunidad de la Iglesia con un rito de reconciliación. A partir del siglo once se comienza a imponer las cenizas a todos los creyentes, y durante el mismo período, la confesión privado reemplaza poco a poco a la penitencia pública.

La liturgia de las Cenizas, en sus cantos, oraciones y gestos, está todavía muy marcada por esta antigua liturgia y practica de la penitencia. En lo que concierne a la forma de la liturgia penitencia, en nuestra Orden nos atenemos a las directrices del Misal Romano. Por supuesto que podemos utilizar los textos y cantos de nuestra Orden, si corresponden o aproximan al formulario romano. El rito de la penitencia, con la distribución de ceniza bendecida (tradicionalmente es la ceniza de los ramos de olivo quemados del año precedente), reemplaza el acto penitencial del comienzo de la Misa, haciéndose después del evangelio y de la homilía. El Misal Romano prevee también una distribución de las cenizas fuera de la eucaristía; en este caso, se tiene una celebración de la Palabra. En el documento “Paschalis Sollemnitatis”. La preparación y la celebración de las fiestas pascuales, del 16 de enero de 1988 (=PS) en los Nos 21-22 se lee lo siguiente: El miércoles que precede al primer domingo de Cuaresma, los fieles cristianos inician con la imposición de la ceniza el tiempo establecido para la purificación del espíritu. Con este signo penitencial, que viene de la tradición bíblica y se ha mantenido hasta hoy en la costumbre de la Iglesia, se quiere significar la condición del hombre pecador, que confiesa externamente su culpa ante el Señor y expresa su voluntad interior de conversión, confiando en que el Señor se muestre compasivo para con él. Con este mismo signo comienza el camino de su conversión que culminará con la celebración del sacramento de la Penitencia, en los días que preceden a la Pascua. […] El miércoles de ceniza es un día penitencial obligatorio para toda la Iglesia y que comporta la abstinencia y el ayuno. En la Biblia, la ceniza es verdaderamente un signo de penitencia, de tristeza y de fugacidad. Encontramos varias veces la expresión convertirse con saco y ceniza (Cfr. Est 4,1.3; 1Mac 3, 47; Jdt 4,9-15; Jon 3,6; Mt 11,21; Lc 10,13).

La más antigua tradición de nuestra Orden expresa el carácter penitencia en los días ferias cuando nos arrodillamos durante la oración [tras la última reforma litúrgica, se hace igualmente durante las Preces de Laudes y de Vísperas] (genuflectimus ad formas) [Cfr. Ordinis Cisterciensis Directorium Divin Officii 2005/2006, p. 43, Nº 7]. De todos modos, cada comunidad, especialmente aquellas cuyos miembros son en su mayoría ancianos y enfermos, debe reflexionar sobre la conveniencia de observar o no esta prescripción. En todo caso, esta bella tradición ¡no ha sido nunca abolida!

Como ya hemos dicho, según la práctica cristiana, no se ayuna el domingo (ni las fiestas). ¡Los domingos no son días de ayuno! El cuarto domingo de cuaresma tiene un lugar privilegiado desde tiempos remotos, es el llamado domingo “Laetare”, según el Introito de este día: “Laetare Jerusalem”. En la mitad de la Cuaresma, tenemos un día de alegría y de gozo que anticipa la Pascua. Según las prescripciones litúrgicas, a partir de las primeras vísperas se puede tocar el órgano y otros instrumentos, el altar puede ser adornado con flores. Esta regla es válida también para las fiestas y solemnidades. Este domingo existe la posibilidad de utilizar vestiduras litúrgicas de color rosa (Cfr. PS, Nº 25). Esta tradición, que encontramos por primera vez en el siglo XVI, tiene relación con la bendición de una rosa de oro por parte del Papa. En sus orígenes, la idea era festejar la victoria de la primavera sobre el invierno y en los primeros siglos, los cristianos, según una antigua tradición popular romana, llevaban a la misa del cuarto domingo de Cuaresma rosas para ofrecérselas los unos a los otros.

3. Tiempo de preparación al bautismo y de renovación del bautismo

 

En la liturgia de Cuaresma, especialmente a partir de la tercera semana, el motivo del bautismo está muy presente; de nuevo aquí encontramos razones de tipo histórico. Desde comienzos del siglo IV, la noche de Pascua es la gran noche para los bautizos del año, en la misma se distribuían y celebraban los tres sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía. Por este motivo, los cuarenta días de cuaresma eran tiempo de preparación intensa para los catecúmenos que iban a recibir el bautismo en la noche de Pascua, con etapas marcadas por las fiestas litúrgicas (escrutinios). Muchos textos bíblicos y litúrgicos no pueden entenderse sino teniendo en cuenta este planteamiento (es importante incluir el cuadro histórico en la interpretación de estos textos, por ejemplo, las homilías).

 

¡La cuaresma es el tiempo de hacerse cristiano! En “Paschalis Sollemnitatis” se describe el doble carácter de la Cuaresma como preparación al bautismo para los catecúmenos y como renovación del bautismo para los cristianos ya bautizados: El tiempo de cuaresma, con su doble carácter, prepara tanto a los catecúmenos como a los fieles en orden a la celebración del misterio pascual. Los catecúmenos se encaminan hacia los sacramentos de la iniciación cristiana, tanto por la "elección" y los "escrutinios", como por la catequesis; los fieles, por su parte, dedicándose con más asiduidad a escuchar la Palabra de Dios y a la oración, y mediante la penitencia, se preparan a renovar sus promesas bautismales. (PS, Nº 6).

 

Hay nuevas publicaciones sobre la santa cuarentena que tratan intensamente la realidad del bautismo, punto de partida y fundamento de toda la vida cristiana. Unido a esto, es interesante saber que, por ejemplo, nuestra Sta. Gertrudis la Grande (+ h.1301/1302) de Helfta consagró sus siete Exercitia spiritualia a la renovación del bautismo: “Para ser liberada de nuevo de sus pecados como en el bautismo”. Parte d elementos particulares del rito bautismal de su época. El segundo Exercitium trata de la conversión espiritual.

 

Hemos hablado ya de cuestiones particulares sobre la forma litúrgica de la cuaresma en la carta circular II de 2003, mientras que en la carta circular II de 2004 nos ocupamos de la Semana Santa y del Triduo Pascual. Como continuación de la segunda, en el punto siguiente quiero tratar brevemente de la liturgia de la noche pascual.

 

 

II.                LA VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA

 

La Vigilia pascual en la noche santa es el elemento primitivo del año litúrgico que nos remonta sin interrupción hasta el tiempo de los Apóstoles. La celebración de la Vigilia pascual es la cumbre del año litúrgico, el último y supremo fin de todo el tiempo de preparación de los cuarenta días previos. Se debe siembre mirar el misterio pascual en su unidad, que comprende la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que quiere expresar el nombre de la fiesta de Pascua, Pascha Domini, paso del Señor, que hemos tomado de la tradición judía.

 

La liturgia de la Vigilia pascual, en la noche santa, antiguamente se celebraba durante toda la noche, como la Pascua judía. Comenzaba con la caída del día y continuaba hasta el canto del gallo, con el alba de Pascua. San Agustín (+430) la describe con un término muy conocido, la “madre de todas las vigilias” (mater omnium sanctarum vigiliarum). Esta vigilia nocturna se desarrollaba de la siguiente manera: a) una amplia liturgia de la Palabra, durante la cual se leían los textos más importantes del Antiguo y del Nuevo Testamento a la luz del Misterio Pascual; b) Eucaristía; c) seguidamente, un ágape fraterno. En los siglos III y IV, la Vigilia pascual se amplía con dos añadidos: la liturgia bautismal y el lucernario. En los siglos siguientes se añaden aún otros elementos a la celebración. El documento del dicasterio romano, “Paschalis Sollemnitatis”, introduce con importantes explicaciones la liturgia de la Vigilia pascual: Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor […]. Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (Nº 77) La Vigilia pascual nocturna durante la cual los hebreos esperaron el tránsito del Señor, que debía liberarlos de la esclavitud del faraón, fue desde entonces celebrada cada año por ellos como un "memorial"; esta vigilia era figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera liberación, en la cual "rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo" (Nº 79) Ya desde su comienzo la Iglesia ha celebrado con una solemne vigilia nocturna la Pascua anual, solemnidad de las solemnidades. Precisamente la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por medio del Bautismo y de la Confirmación somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, somos sepultados con Él y resucitamos con Él, para reinar con Él para siempre (Nº 80)

La liturgia de la Vigilia, cuya forma se ha ido desarrollando a través de los siglos, se compone hoy en día de cuatro partes, según el Misal romano que también seguimos nosotros:

1. Oficio de la luz y anuncio de la Pascua (Exultet)

La celebración de la luz al comienzo de la Vigilia pascual en la noche santa, se ha emancipado de la antigua tradición del lucernario (rito diario para encender la luz). La comunidad que celebra se reúne habitualmente fuera de la iglesia, alrededor de una hoguera que ha sido prendida en un lugar apropiado. Según las prescripciones litúrgicas se preparará la hoguera destinada a la bendición del fuego nuevo, cuyo resplandor debe ser tal que disipe las tinieblas e ilumine la noche (PS. Nº 82). Después del saludo y la introducción, el sacerdote bendice el fuego nuevo y prepara el cirio pascual: el Misal Romano, en su edición del año 2000, dejaba a elección las decoraciones secundarias (inscripción de la cruz, del año, de las letras Alfa y Omega y de los cinco granos de incienso) –algo que se echa de menos- La Iglesia, con relación al cirio pascual, prescribe lo siguiente: Prepárese el cirio pascual que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nueva cada año, único, relativamente grande, nunca ficticio, para que pueda evocar realmente que Cristo es la luz del mundo. La bendición del cirio se hará con los signos y las palabras propuestas por el Misal o con otras, aprobadas por la Conferencia de Obispos (PS. Nº 82). Después de haber encendido el cirio pascual y cantado el primer Lumen Christi, todos los fieles, guiados por el cirio, entran en la iglesia que permanece a oscuras, mientras el diácono canta el pregón pascual (Exultet), que se remonta a los tiempos de san Ambrosio (+ 397). Si no hay un diácono o si el sacerdote no puede cantarlo por sí mismo el Exultet, las directrices de la Iglesia prevén que un cantor pueda hacerlo, con las adaptaciones oportunas, tal como se indica en los libros litúrgicos.

2. La liturgia de la palabra

La liturgia de la palabra es el elemento más antiguo y más desarrollado en la Vigilia pascual de la noche santa. Esta parte de la liturgia anuncia las grandes obras divinas de la historia de la salvación. Se fundamenta sobre la estructura en cadena cristiana (y judía) de la liturgia de la Palabra: Lectura bíblica – salmo responsorial (salmista/asamblea) – silencio – oración conclusiva del sacerdote, en la que la lectura del Antiguo Testamento se interpreta en sentido cristológico y pascual. Las lecturas de la Sagrada Escritura constituyen la segunda parte de la Vigilia. Describen momentos culminantes de la historia de la salvación, cuya plácida meditación se facilita a los fieles con el canto del salmo responsorial, el silencio y la oración del sacerdote celebrante.

La estructura restaurada de la Vigilia presenta siete lecturas del Antiguo Testamento entresacadas de los libros de la Ley y de los Profetas, ya utilizadas frecuentemente en las antiguas tradiciones litúrgicas de Oriente y Occidente, y dos del Nuevo Testamento, es decir la lectura del Apóstol y del Evangelio. De esta manera, la Iglesia "comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas” , interpreta el misterio pascual de Cristo. Por lo tanto, en la medida en que sea posible, léanse todas las lecturas indicadas para conservar intacta la índole propia de la Vigilia pascual que exige una cierta duración. Sin embargo, si las circunstancias pastorales aconsejan que se reduzcan aún el número de las lecturas, léanse al menos tres lecturas del Antiguo Testamento, de manera que estén representados la Ley y los Profetas; nunca se puede omitir la lectura del capítulo 14 del Éxodo, con su cántico (PS. Nº 85). El nuevo Misal Romano de 2002 (Editio typica tertia) recoge estas indicaciones.

Una vez terminadas las lecturas del Antiguo Testamento, se canta el “Gloria” durante el cual suenan de nuevo, tras la interrupción iniciada el Jueves santo (allí donde exista la costumbre). ¡Sería ideal si toda la liturgia de la Palabra pudiera celebrarse únicamente con la luz de los cirios! Sigue la oración y después la lectura del Nuevo Testamento (Carta a los Romanos). Después, todos se levantan y el sacerdote, o un cantor, entona por tres veces el "Aleluya", elevando gradualmente la voz, y repitiéndolo la asamblea; sigue el anuncio de la Resurrección del Señor con la lectura del Evangelio, culmen de toda la liturgia de la Palabra (Cfr. PS, Nº 87). Según las prescripciones litúrgicas, a excepción de la procesión del Evangeliario al ambón, los acólitos no portan cirios. Terminada la proclamación del Evangelio no se omita a la homilía, aunque sea breve (PS, Nº 87).

3. La liturgia bautismal (renovación de las promesas bautismales)

Como ya hemos citado, la noche pascual era la fecha fijada antiguamente para el bautismo. Debido al catecumenado de adultos, en muchos países aumentaba el interés por recibir el bautismo durante la Vigilia pascual. Allí donde hay bautizos en la Vigilia Pascual, este es el momento de celebrarlos. La pascua de Cristo y la nuestra se celebra ahora en el sacramento (PS. Nº 88). En nuestras iglesias monásticas, donde los bautizos no suelen celebrarse sino raramente, el acto más importante de esta tercera parte es la renovación de las promesas bautismales, que es uno de los fines de la preparación de los cuarenta días de Cuaresma. Aspergar con el agua que acaba de ser bendecida es un recuerdo de nuestro bautismo. El “Ritual Cisterciense” de 1998 propone “pro opportunitate” el canto de las letanías de los santos antes de la bendición del agua.

4. Celebración de la Eucaristía

La celebración de la Eucaristía, que comienza después de la oración universal de los fieles con la preparación de las ofrendas, es el punto culminante de la Vigilia. La celebración de la eucaristía es la cuarta parte de la Vigilia, y su punto culminante, porque es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la pascua eterna (PS. Nº 90). “Paschalis Sollemnitatis” nos advierte que no debemos considerar esta cuarta parte como un apéndice del Oficio y que no se ha de celebrar apresuradamente: Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que los acompañan alcancen toda su fuerza expresiva…(PS. Nº 91). Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del vino (PS. Nº 92). Una antigua tradición, llevada a cabo sobre todo en las Iglesias de Oriente, al final de la celebración se bendicen los alimentos pascuales (allí donde exista la costumbre).

Teniendo presente la gran importancia teológica y litúrgica de la Vigilia pascual, el momento de la celebración alcanza una gran importancia. La Iglesia dice: "Toda la celebración de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo". Esta regla ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o costumbre contrario que, poco a poco se haya introducido y que suponga la celebración de la Vigilia pascual a la hora en la cual, habitualmente, se celebran las Misas vespertinas antes de los domingos, ha de ser reprobado. Las razones presentadas a veces para justificar la anticipación de la Vigilia pascual, por ejemplo la inseguridad pública, no se tienen en cuenta en el caso de la noche de Navidad o de reuniones de otro género (PS. Nº 78). Las nuevas tradiciones de estos últimos años de celebrar la Vigilia pascual en la mañana de Pascua o cambiar el Oficio de la luz (por ejemplo, tras las lecturas del Antiguo Testamento) que se han extendido en diversas regiones, son de iniciativa particular que no pueden tomarse como parte de la liturgia oficial de la Iglesia, ¡por muy bellas que sean!

La celebración de la Vigilia pascual es muy exigente y debe estar bien preparada. “Paschalis Sollemnitatis” dice: Cuídese de tal modo la liturgia de la Vigilia pascual que se pueda hacer llegar al pueblo cristiano las riquezas que contienen las plegarias y los ritos; es necesario que se respete la verdad de los signos, se favorezca la participación de los fieles, y que no falten ministros, lectores y cantores para el buen desarrollo de la celebración (Nº 93)… Para poder celebrar la Vigilia pascual con el máximo provecho, conviene que los mismos pastores hagan lo posible para comprender mejor tanto los textos como los ritos, a fin de poder dar una mistagogia que sea auténtica (Nº 96). Allí donde las comunidades son demasiado pequeñas o muy mayores para llevar a cabo una digna celebración de la Vigilia pascual, hay que reflexionar sobre las disposiciones de “Paschalis Sollemnitatis”: Es muy conveniente que las comunidades religiosas, clericales o no, así como las comunidades laicales, participen en las celebraciones del Triduo pascual en las iglesias más importantes (PS. Nº 43; Cfr. Carta circular III de 2004)

La celebración de la Pascua se continúa durante el tiempo pascual. Los cincuenta días que van del domingo de Resurrección al domingo de Pentecostés se celebran con alegría, como un solo día festivo, más aún, como el "gran domingo" (PS. Nº 100). Así, la fiesta de Pascua, preparada durante cuarenta días, va a ser celebrada durante cincuenta días. Sobre la cincuentena pascual y su forma litúrgica hablaré en otra ocasión.

III.             INFORMACIONES

1. El nuevo secretariado O. Cist. para la liturgia

Quizá sepáis que el Capítulo General de nuestra Orden, celebrado del 1 al 12 de septiembre de 2005 en Roma, ha decidido unánimemente aceptar el nuevo estatuto para el Secretariado de liturgia que yo había elaborado a petición de nuestro Abad General Dom Maur Esteva y en nombre de la Comisión litúrgica de nuestra Orden, que redactó un borrador en las sesiones del 3 y 4 de Abril de 2002 en la abadía de Mariastern-Gwiggen. La aceptación del nuevo estatuto implica que la comisión litúrgica O. Cist. se ha disuelto. ¡Es un momento histórico!

La comisión litúrgica O. Cist. fue fundada por el Capítulo General en 1933 con el fin de revisar los libros litúrgicos. Por esto, se trataba esencialmente de una “Commissio pro revisiones liturgiae”, como la denominaban los documentos. El 8 de diciembre de 1939, el Abad General, Dom Edmundo Bernardini (+1950) ha transferido la sede de esta comisión desde la Casa General al nuevo monasterio de Hauterive (Suiza) y ha nombrado como presidente a Dom Sigardo Kleiner, entonces prior del monasterio (que permaneció como presidente hasta 1955). La revisión de los libros litúrgicos fue, así pues, la obra de una pequeña comisión compuesta por monjes de Hauterive, hasta el momento en que el Capítulo General de 1950 dio a la comisión un carácter oficial, por el hecho de que cada congregación tenía que estar representada en la misma a través de la persona de un “Consultor”. Solamente en el Capítulo General de 1974 la Comisión recibió un estatuto claro, siendo compuesta de un miembro y un sustituto por Congregación., De 1955 a 1993, fue presidente el Abad Dom Bernardo Kaul (+2001), de la Abadía de Hauterive, que había sido secretario de la comisión desde 1945. Tuvo la difícil misión de realizar la reforma litúrgica pedida por el Concilio Vaticano II. Su sucesor como presidente será, de 1993 a 2005, el P. Alberico Altermatt, de Hauterive, secretario de la comisión desde 1976. El fruto más hermoso de la actividad de la comisión litúrgica es el “Rituale Cistercense”, realizado en común con la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, con quien existía ya desde 1951 de una estrecha colaboración en cuestiones litúrgicas

¿Cómo está compuesto el nuevo secretariado litúrgico? Está compuesto de un Secretario que coordina los trabajos del secretariado y de dos asistentes. Los tres deben ser expertos en liturgia, tanto en la teoría como en la práctica. Son miembros de la Orden, elegidos por cinco años por el Sínodo de la Orden, que sigue inmediatamente al Capítulo General ordinario. Hasta el próximo Sínodo de la Orden es el P. Alberich Altermatt, secretario, quien debe elegirlos.

¿Cuáles son las tareas del Secretariado? Las tareas del Secretariado, que tienen que ser llevadas a cabo para bien de la Orden y de acuerdo con el Abad General, comprenden ampliamente las que hasta ahora eran emprendidas por la comisión litúrgica (y su presidente):

1.      preparar las cuestiones litúrgicas a tratar por el Capítulo General y el Sínodo;

2.      ofrecer ayuda y estímulo a nuestros monasterios para la realización de la liturgia y hacerles partícipes de las iniciativas que surgen en la Iglesia y en las Órdenes monásticas, principalmente a través de circulares enviadas periódicamente a todos los monasterios;

3.      tomar a su cargo la edición anual del ‘Directorio del Oficio Divino para la Orden Cisterciense’;

4.      promover la formación litúrgica de los monjes y monjas;

5.      promover la traducción de los textos litúrgicos propios en las distintas lenguas vernáculas;

6.      estar atentos a colaborar con todas las Congregaciones de la Orden y también con los Institutos monásticas, sobre todo con la familia cisterciense, en cuestiones litúrgicas comunes y en la traducción de textos litúrgicos;

7.      presentar al Sínodo y al Capítulo General una relación de las actividades y decisiones del Secretariado.

La sede del secretariado para la liturgia se encuentra en la Casa General de la Orden en Roma. Esto significa que, por ejemplo, se envían desde Roma a los monasterios las circulares y otros textos y es también en Roma donde se conservan los archivos de la antigua comisión litúrgica y del nuevo secretariado litúrgico. El secretariado tiene un aparato propio en la página de la Orden: “Secretariate for Liturgy in the Cistercian Order”. Los gastos del secretariado están a cargo de la Curia General.

2. “Cistercian Liturgy” en la página Internet de la Orden

Una vez más, quisiera llamar vuestra atención sobre el hecho de que la página de nuestra Orden, www.ocist.org, tiene un apartado denominado “Cistercian Liturgy”, donde se encuentran informaciones interesantes (en diez secciones), aquí podéis encontrar todas mis circulares en diferentes lenguas: alemán, español, francés, italiano y portugués. Bajo el título “Rituale Cisterciense” se encuentran las traducciones del ¨Ritual en español, francés y portugués. Quiere agradecer desde aquí al P. Menrado Tomman, Procurador general de la Orden, y a su equipo, por el mantenimiento de esta página y su puesta al día.

3. El “Ordinis Cisterciensis Directorium Divini Officii”

Como seguramente habréis notado, el Calendario litúrgico de la Orden ha cambiado desde la edición 2004/2005, especialmente, en cuanto a las rúbricas de los tiempos fuertes y ciertas fiestas. De este modo, queremos aproximarnos al Calendario litúrgico de la Iglesia universal, que ha sido modificado y enriquecido desde la “Editio typica tercia” del “Missale Romanum” de 2002, basándose en los nuevos decretos, modificaciones y ampliaciones dados por la Congregación. Para la mayoría de los Calendarios litúrgicos de las diócesis y de las Órdenes, se sigue cada año el “Ordo Missae celebrandae et Divini Officii persolvendi secundum calendarium Romanum Generale”. Fr. Xavier GUANTER, responsable del Calendario litúrgico de la Orden, y sus hermanos de Poblet, preparan con gran atención y puntualidad el Calendario litúrgico de nuestra Orden. Le doy las gracias y mi reconocimiento, así como a sus ayudantes.

***

A todos vosotros, queridos hermanos y hermanos, os deseo una hermosa subida a la Pascua y unos días de fiesta bendecidos por el Señor, ¡en la alegría de Pascua!

Con mis saludos fraternales, quedo cordialmente en Cristo vuestro

fr. Alberich M. Altermatt O. Cist.

Monasterio de Eschenbach (Suiza), 26 de febrero de 2006.

 

 

 

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